Diseñar un curso de francés no consiste en acumular vídeos, fichas y ejercicios hasta que parezca “completo”.
Si eso fuera suficiente, aprender idiomas sería básicamente una cuestión de almacenamiento… y no de transformación. Spoiler: no lo es.

Con los años, y después de trabajar con perfiles muy distintos de estudiantes, he ido construyendo una manera muy concreta de diseñar mis cursos. No parte de modas pedagógicas ni de promesas espectaculares, sino de la experiencia: la mía como aprendiz y la de mis alumnos como protagonistas del proceso.

Mis cursos se apoyan siempre en cinco ejes fundamentales. Son los filtros por los que pasa cada decisión pedagógica.

  1. Mi propio aprendizaje de otras lenguas como punto de partida

Antes de enseñar francés, fui (y sigo siendo) estudiante de idiomas.
Y eso deja huella.

Conozco muy bien esa sensación de:

  • entender bastante, pero no atreverse a hablar,
  • hablar, pero con la impresión constante de “estar improvisando”,
  • estudiar con regularidad… sin sentir un progreso proporcional.

Por eso, cuando diseño un curso, no lo hago desde una torre de marfil pedagógica, sino desde la memoria muy concreta de lo que significa aprender una lengua desde dentro.

Cada explicación, cada secuencia de trabajo y cada actividad pasan por una pregunta clave:

¿Esto acompaña de verdad al estudiante en su proceso y le da más control sobre la lengua?

Si la respuesta es sí, se queda.
Si no, se ajusta, se transforma o se replantea. La idea no es reproducir lo que “siempre se ha hecho”, sino construir algo que tenga sentido hoy, para aprendientes reales.

  1. El factor cultural francés–español: una palanca, no un adorno

Aprender francés no es solo aprender vocabulario y reglas gramaticales.
Es aprender otra lógica, otra manera de estructurar el discurso y de relacionarse con el lenguaje.

El español y el francés se parecen mucho… y precisamente por eso generan errores muy resistentes:

  • traducciones literales que “suenan bien” pero no son francesas,
  • estructuras calcadas del español,
  • entonaciones que delatan inmediatamente al hablante.

En mis cursos, los aspectos culturales y comparativos no son un complemento simpático.
Son herramientas estratégicas.

Entender por qué un francés formula una idea de cierta manera —y no de otra— permite al estudiante:

  • anticipar errores,
  • comprender mejor las correcciones,
  • y, sobre todo, dejar de traducir mentalmente todo el tiempo.

La cultura no se enseña para decorar el curso, sino para desbloquear el idioma.

  1. Rigor gramatical y de pronunciación (sin convertirlo en un suplicio)

No creo en el “habla como puedas, ya se entiende”.
Comunicar con errores sistemáticos también crea hábitos… y luego cuesta mucho deshacerlos.

Ahora bien, rigor no significa rigidez ni sufrimiento innecesario.

En mis cursos, la gramática y la pronunciación:

  • se introducen de forma progresiva,
  • siempre ligadas a un uso real,
  • con objetivos claros y alcanzables.

No se trata de saber muchas reglas, sino de dominar bien las estructuras que realmente se usan.
Menos acumulación, más precisión.
Menos teoría aislada, más control consciente.

La corrección no es un castigo: es una brújula.

  1. El estudiante como protagonista activo del aprendizaje

Un curso donde el profesor explica todo y el estudiante escucha es cómodo… pero poco eficaz.

En mis cursos, el estudiante:

  • produce desde el principio,
  • toma decisiones lingüísticas,
  • se equivoca, ajusta y reformula,
  • desarrolla autonomía progresivamente.

Mi papel no es “hablar bien francés delante de otros”, sino crear las condiciones para que el aprendizaje ocurra.
El idioma no se integra mirando, sino actuando.

Sí, a veces eso genera incomodidad.
Y no, no es un fallo del método. Suele ser una señal de que algo se está moviendo.

  1. Adaptación al perfil, al nivel y a la evolución real

No todos los estudiantes aprenden igual.
Ni al mismo ritmo.
Ni con los mismos objetivos.

Por eso diseño mis cursos para que no sean estructuras cerradas, sino marcos de trabajo adaptables:

  • al nivel real (no al nivel “sobre el papel”),
  • a los puntos fuertes y débiles de cada perfil,
  • a la evolución del estudiante con el tiempo.

Un buen curso no es el que lo controla todo, sino el que deja espacio para ajustar sin perder coherencia.

El método es estable; la aplicación, flexible.

En resumen

Cuando concibo un curso de francés, no pienso en “contenido”, sino en:

  • trayectorias de aprendizaje,
  • bloqueos recurrentes,
  • decisiones pedagógicas conscientes.

No prometo resultados mágicos ni fluidez instantánea.
Propongo algo más sobrio —y más eficaz—: un camino bien construido, con sentido y con dirección.

Y curiosamente, cuando el camino es claro, avanzar se vuelve mucho más sencillo.